El cuento infantil de Caperucita representa una historia de miedo, sumisión y violencia. Lo que empieza con una advertencia de la mamá de Caperucita: “Escúchame muy bien, quédate en el camino y nunca hables con extraños”, empieza a desdibujarse cuando el lobo surge en medio del bosque y aparenta no ser “tan malo y peligroso” como decían.
—Hola niñita, ¿hacia dónde te diriges en este maravilloso día? —preguntó el lobo. [ADULADOR]
Caperucita Roja recordó que su mamá le había advertido no hablar con extraños, pero el lobo lucía muy elegante, además era muy amigable y educado. [NARCISISTA ENCUBIERTO]
— Voy a la casa de abuelita, señor lobo —respondió la niña—. Ella se encuentra enferma y voy a llevarle estas galleticas para animarla un poco.
—¡Qué buena niña eres! —exclamó el lobo. —¿Qué tan lejos tienes que ir?
[LISONJERO]
—¡Oh! Debo llegar hasta el final del camino, ahí vive abuelita—dijo Caperucita con una sonrisa.
—Te deseo un muy feliz día mi niña —respondió el lobo.
[POSESIVO, DOMINANTE][1]
El acoso sexual en Colombia, está definido dentro del Artículo 210A del Código Penal, (modificado por la Ley 1257 de 2008) como el acto de asediar, hostigar o perseguir a otra persona con fines sexuales no consentidos, aprovechando una relación de poder, superioridad, o posición laboral, social, familiar o económica. Es un delito penal, con prisión, generalmente de 1 a 3 años, y se presenta con frecuencia en entornos laborales, educativos o de subordinación, pudiendo ser vertical (jefe-subalterno) u horizontal (entre pares).
El lobo del cuento, en su versión original de Charles Perrault, no era jefe de Caperucita. Podría ser identificado tal vez como un vecino del bosque. Su conducta, que empezó con un comentario aparentemente “inocente”, fue trascendiendo a insinauciones, seguimientos, espionaje, suplantación, violación de domicilio y al final, homicidio/ feminicidio.
Perrault[2] quiso dar una lección moral a las jóvenes de esa época que entablan relaciones con desconocidos, añadiendo una moraleja explícita, inexistente hasta entonces en la historia. En su versión hay numerosas alusiones a la sexualidad: el lobo no se disfraza de abuela, sencillamente, se mete en la cama. Caperucita Roja se acuesta desnuda con el lobo y se mete en la cama por petición del lobo. Entonces se asombra de cómo es su abuela. La figura del lobo tiene cierto aspecto de hombre pues Caperucita Roja menciona sus piernas, no patas.
¿Cuántas mujeres de las que hasta hoy han denunciado situaciones de acoso, abuso o intimidación, recibieron ese primer comentario aparentemente inocente sin imaginar lo que vendría después?. El salto entre un “Hola niñita, ¿hacia dónde te diriges en este maravilloso día?” y luego como dijo el lobo ya metido en la cama: “Deja la torta y el tarrito de manteca encima de la artesa y vente a acostar conmigo”, hay grandes diferencias que van saltando entre mensajes cada vez más personales, insistentes o insinuantes en muy poco tiempo. Las preguntas que se van desvinculando de lo laboral o académico se tornan más personales y dan paso a propuestas de todo tipo: “¿Te llamo o hablamos en tu casa?”, “¿Cuándo te dejas invitar un café?”, “o algo más fuerte…dame opciones”, “Déjate ver esta semana”… y así el lobo empieza a mostrar las garras.
Las salas de redacción no son la excepción de la norma, son un escenario común como cualquier otro espacio laboral. Periódicos, noticieros y emisoras funcionan, igual que en el bosque de Caperucita, como ambientes para mimetizar lobos feroces en restaurantes, colegios, universidades, centros médicos y oficinas de todo tipo. Pero ¿quién le corta las garras al lobo? y ¿dónde están los cazadores?.
Desde hace 20 años, la Ley 1010 de 2006 en Colombia define, previene y sanciona el acoso laboral, entendido como toda conducta persistente y demostrable que busca infundir miedo, intimidación o provocar la renuncia del trabajador. Pero también de forma reciente, la Ley 2365 de 2024 en Colombia establece medidas para prevenir, investigar y sancionar el acoso sexual en el ámbito laboral y en instituciones de educación superior. Hecha la ley, hecha la trampa.
Los lobos feroces generalmente se encuentran protegidos por entornos de poder que facilitan sus delitos, evitan las denuncias y en ocasiones también obstruyen a la justicia. Lo peor es quienes entran a justificar a los implicados, o condenar a las víctimas, bajo el precepto de que “si el tipo no les gusta es acoso y si les gusta es coqueteo”. La línea es muy difusa pero se define simple con una palabra: consentimiento.
El consentimiento es la intención manifiesta y explícita de cooperación voluntaria y positiva en un acto o la expresión del deseo de participar en una actividad. Es el “SI” que nunca se disfraza bajo una risa nerviosa, el silencio o la duda. El verdadero consentimiento no se obtiene mediante la fuerza, las amenazas ni la intimidación. El silencio no es consentimiento y Caperucita además era menor de edad y en los menores no existe el consentimiento sexual.
El lobo disfrazado de abuela corresponde siempre a una figura de autoridad, que un escenario natural podría ser: profesor, jefe, compañero, tío, vecino, el novio de la mamá, el pretendiente rechazado, el conductor del autobús, el novio, el ex novio, el roomie, etc. El lobo puede ser cualquiera y Caperucita, somos todas.
[1] Cuento Caperucita Roja, ArbolABC.com. Cuentos clásicos infantiles.
[2] Comparativa de autores: Perrault, Andersen y hermanos Grimm. Universidad de Valladolid. http://uvadoc.uva.es/handle/10324/5109


