Versión Pública

Poder, odio y la Colombia actual

Luego de ser protagonistas y responsables de una polarización sin precedentes en Colombia, quienes hoy claman contra la institucionalidad y señalan con desdén a los congresistas —tildándolos de “HP” o amenazándolos con un “no pasarán”— son los mismos que antes se presentaban como defensores del cambio. Las frases no son de agitadores anónimos: provienen directamente del presidente de la República. Un presidente que, en su época de senador, repetía que “nadie sobraba” y denunciaba a diario el asesinato de líderes sociales. Curiosamente, ya en el poder, dejó de hacerlo, aun cuando las cifras de asesinatos han aumentado bajo su administración, observadas con ceguera cómplice por su equipo de gobierno y su red digital de defensores incondicionales.

La política, cuando se pervierte, adopta el guion de ficción más oscuro. Frank Underwood, el personaje de House of Cards, enseñó cómo manipular procesos electorales ante el miedo a la derrota. Falsos atentados, cierre de centros de votación, presión sobre estados clave y un hacker al servicio del poder: todo con tal de sembrar el caos, victimizarse y disputar resultados. El objetivo no es ganar limpiamente, sino alargar el juego, desgastar la verdad y dinamitar la legitimidad democrática.

En Colombia, vivimos un libreto similar. Llegaron al poder prometiendo transformación, pero lo que dejaron fue una promesa incumplida. Cuatro años desperdiciados para el país, rentables para los amigos del presidente: Francia Márquez, Ricardo Roa, Verónica Alcocer, Andrés Camilo Bonilla, Armando Benedetti, Roy Barreras… nombres que hoy se reparten cuotas como si el poder fuera un botín. Algunos de ellos, reciclados del uribismo al petrismo, demuestran que las ideologías son intercambiables cuando el interés es la permanencia.

En redes sociales, el presidente Petro habla todos los días. Para algunos, sus palabras son retórica vacía; para otros, una melodía dulce que adormece el pensamiento crítico. “La consulta va como sea”, dicen sus seguidores, ignorando el rechazo del Senado, la institucionalidad o incluso el sentido común. Mientras tanto, olvidan contar los muertos. Esos mismos que antes se usaban como bandera política, hoy son estadística incómoda. El Estado, bajo la idea de premiar a los violentos, solo ha logrado fortalecerlos.

No creo que el gobierno esté detrás del atentado contra Miguel Uribe, un político sin mayor peso electoral que fue elegido por el dedo de Álvaro Uribe para encabezar la lista del Centro Democrático. Pero sí creo que hay responsabilidad en un clima de odio promovido desde el poder. Cuando el discurso oficial traza líneas entre “pueblo” y “enemigos”, y se naturaliza la lapidación simbólica con frases como “no pasarán”, el terreno queda abonado para que la violencia encuentre justificación.

Hoy, el gobierno se atrinchera en la narrativa de la victimización. Petro, sin pruebas claras, insinúa que su inteligencia conocía seguimientos al hijo de cuatro años de Miguel Uribe, y que pese a eso no se hizo nada. El día del atentado, casualmente, la seguridad del senador fue reducida de siete a tres escoltas. Coincidencia o no, lo cierto es que el poder administra la información a conveniencia: solo se sabe lo que el poder quiere que se sepa.

Ahora todos podrían ser víctimas, al menos desde la mirada oficial. Según esta narrativa, hasta mafias internacionales —con albaneses incluidos— quieren desestabilizar al país. Pero lo que realmente lo fractura no es un enemigo externo, sino un gobierno incapaz de conectar con los otros, que ha convertido el debate democrático en una guerra de trincheras.

Y mientras no haya responsables claros, mientras se usen sicarios sin ruta de escape, mientras los hechos se pierdan en la niebla de la confusión, seguimos atrapados en una ficción peligrosa. Solo que esta vez, el guion no lo escribió Netflix: lo estamos escribiendo todos.

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