Versión Pública

Magdalena entre el silencio y la manipulación: el costo político de la abstención y la compra de votos

En el Magdalena no se ha perdido solo la fe en las instituciones: se está perdiendo la voz del pueblo. La abstención y la compra de votos, aunque parecen enemigos distintos, terminan siendo aliados silenciosos del olvido electoral. Ambos mecanismos borran al ciudadano del mapa político. Uno por decisión, el otro por necesidad inducida (PNUD, 2020).

Durante las elecciones recientes, más de la mitad de los votantes habilitados en el departamento decidieron no acudir a las urnas. La indiferencia, el desencanto y la falta de garantías han convertido al voto en un acto prescindible para muchos (IDEA Internacional, 2021). Pero lo que no todos ven es que cuando no votamos, otros deciden por nosotros. Y muchas veces, lo hacen comprando la voluntad de quienes menos tienen.

La compra de votos en el Magdalena no es una teoría, es una práctica conocida y repetida. Es un sistema que aprovecha el hambre, la desesperanza y el olvido estatal para convertir derechos en mercancías (De la Calle, 2019). Un mercado donde el ciudadano pierde y el poder se recicla. No hay democracia posible si la decisión nace de un billete y no de una convicción.

El problema de fondo es estructural, pero también ético. ¿Cómo vamos a exigir cambios si no participamos del proceso que los hace posibles? ¿Cómo vamos a reclamar mejores gobiernos si los elegimos por necesidad y no por conciencia? (O’Donnell, 2004).

Esto conlleva a que el político se desentienda de las necesidades de quienes lo eligieron, pues considera que no les debe nada: si votaron por él, fue porque les pagó para hacerlo. Así, una vez en el poder, los deja en el olvido hasta la próxima jornada electoral (López & Rodríguez, 2022). Por su parte, el elector, aunque pudo resolver una necesidad momentánea el día de la elección, permanece durante los siguientes cuatro años en la misma situación de abandono y precariedad.

Como ciudadano, como abogado y como actor político de esta región, me duele ver cómo la democracia se vacía en cada elección. Y no solo por quienes compran votos, sino por quienes renuncian a votar creyendo que no sirve de nada. El silencio también es una forma de complicidad.

Invito a los jóvenes, a los líderes sociales, a los profesionales, a los barrios y a los corregimientos a recuperar su papel. A convertir el voto en una herramienta de transformación, no en un trámite ni en una venta (Archila, 2020). Porque solo cuando votamos libres, informados y conscientes, dejamos de ser parte del olvido.

Magdalena no necesita más promesas. Necesita memoria, conciencia y decisión. Que no se nos olvide: donde hay abstención y compra de votos, no hay ciudadanía, solo espectadores de su propio destino.

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