En el Magdalena se avecinan vientos distintos. No son los mismos alisios que bajan de la Sierra con aroma de café y hojas secas. No. Son ráfagas políticas, cargadas de incertidumbre, que presagian una elección atípica, de esas que no solo trastocan el calendario, sino también los cimientos de los clanes y los discursos gastados.
En esta nueva contienda, la sorpresa no está en los nombres ni en los partidos, sino en las grietas. Porque la izquierda, esa que venía con aire de unidad, hoy se fragmenta. Dos candidatos emergen del mismo río: uno bendecido por el partido del Presidente, y otro, recién desembarcado de una embarcación que perdió su credencial, pero no su ambición. Se miran de reojo, se saludan con silencios y se acusan con sonrisas falsas. Porque en política, a veces, el enemigo más cercano no viene de enfrente, sino de al lado.
La derecha, mientras tanto, sigue buscando su brújula. Se enfrascan en discusiones internas, en medir fuerzas de un pasado que ya no les responde con fidelidad. Cada quien quiere imponer su bandera, su nombre, su historia. Pero en esa pelea, por recuperar lo que alguna vez fue suyo, están dejando abierto un sendero. Y ese sendero es el del centro: silencioso, estratégico, paciente… y con hambre de palacio.
Sí, mientras la izquierda se divide y la derecha no se decide, el centro podría abrirse paso como quien se cuela en una fiesta donde nadie lo esperaba, pero termina robándose la pista de baile. ¿Será este el tiempo del pragmatismo sin rencores, de los discursos sin ideología encasillada, de una alternativa que no grite pero convenza?
Todo ocurre mientras el Presidente guarda silencio y la espera se hace larga. Aún no nombra al gobernador encargado con J, y ese vacío, esa pausa, es más que un trámite: es el suspiro antes de la tormenta, el punto suspensivo de una historia que todavía no encuentra su verbo principal.
¿Qué nos deparará el destino? ¿Qué chispero hará saltar esta elección? ¿Quién sabrá leer mejor la voluntad de un pueblo cansado de los extremos? El ajedrez se mueve, y en el tablero del Magdalena no hay piezas seguras. Solo una certeza: la política sigue siendo el arte impredecible donde, a veces, gana quien menos ruido hace… pero mejor juega.



