En tiempos donde ni siquiera parecemos estar divididos, sino realmente separados por muros, la polarización se expande con una fuerza desoladora.
Cada conversación se vuelve una trinchera, cada salón de clases, cada auditorio, incluso cada sala o comedor, un campo de batalla ideológico. ¿De qué podríamos entonces agarrarnos para tender puentes, para reconectar sensibilidades?
Para mí, la respuesta es muy clara: Educación, Arte y Creatividad. Estas tres herramientas no sólo son hermosas: son profundamente poderosas.
Porque el Arte, la Creatividad y el Conocimiento son lenguajes previos a cualquier ideología. La ideología no tiene que ser la razón por la que nos separamos, pues no debería ocupar un lugar tan alto en nuestra escala de valores.
Pero para llegar hasta ahí, necesitamos construir caminos que nos permitan pensar con más profundidad, con mayor complejidad. Y ese tipo de pensamiento no nace del dogma ni de la urgencia por tener la razón, sino de la creatividad.
Y para enfatizar esta reflexión, retomemos la noción de polis en Aristóteles —(πόλις)—, un espacio vivido, compactado, donde lo político, lo social y lo cultural se integraban plenamente, facilitando el florecimiento humano.
Fomentar la creatividad no es un lujo. Es, hoy más que nunca, una necesidad urgente. Porque cuando educamos a nuestros niños, jóvenes y universitarios en pensar creativamente, los estamos entrenando para vivir con tolerancia frente a la ambigüedad que no la deja la polarización. Para no rechazar de inmediato lo que no entienden. Para hacerse preguntas en lugar de levantar juicios. El rol de la imaginación es fundamental en la formación de ciudadanos. Ciudadanos capaces de convivir, de escuchar, de transformar sin anular.
Más allá aún, el arte tiene una cualidad única: nos permite ponernos en el lugar del otro. Nos hace empáticos. El arte es, en esencia, un ensayo emocional. Y si lo que queremos es educar para la empatía, no hay herramienta más potente. Proyectos educativos que incluyan teatro, literatura, artes visuales, música o danza no hacen otra cosa que cultivar esa sensibilidad colectiva que tanto necesitamos, sobre todo ahora, cuando hasta las propias familias se fragmentan por razones ideológicas.
Estamos atravesando tensiones muy complejas entre la libertad de expresión y la sensibilidad social. Y en ese conflicto, muchas veces, el arte resulta vetado o, peor aún, instrumentalizado. Entonces, desde la escuela, desde el sistema educativo, debemos hacernos una pregunta urgente: ¿qué debemos proteger? ¿La libertad creativa o la reproducción ideológica? Yo me voy, sin dudarlo, por lo primero.
¿Y desde dónde debe comenzar esa protección? Desde la infancia. Desde la primerísima infancia. Desde ese lugar donde todavía es posible imaginar otros mundos. Si priorizamos la educación por encima de todo, nuestros niños y niñas tendrán el privilegio que quizás nosotros no tuvimos: imaginar un mundo no polarizado, un mundo no dividido, un mundo donde quepamos todos.
Muchos me dicen: “No le metas política a esto”. Pero lo diré sin rodeos: la educación artística es un acto político desde el amor y desde la ternura. No hablo de política partidista, sino de la política que construye comunidad, que teje afectos, que hace posible la convivencia. Como mamá, artista, y educadora, mi rol es ese: ser una creadora dentro de entornos fracturados, diseñar espacios donde el diálogo sea posible, donde la creatividad sea sostenible, incluso en los lugares más precarios y en medio de la confrontación más dura.



