La clase media se encuentra en la mitad de la clase alta y la clase vulnerable. Su trabajo ayuda suficiente a la economía nacional. Admiro profundamente a muchos ciudadanos y ciudadanas que, con talento, sacrificio, consiguen levantar empresas o destacarse en el ámbito público y con ella logran tener ascendencia social, esto es: respetabilidad y aceptación dentro de las élites, además con esa prosperidad económica cambian de casa, carro, barrio y colegio.
Empero si algo ha identificado a una parte de miembros de la clase media colombiana es su arribismo, en plata blanca: Hacen cualquier cosa con tal de tener aceptación social entre los ricos de cada ciudad y comarca. Y cualquier cosa es cualquier cosa, como entrar a negocios de narcotráfico o robar en una entidad estatal cuando logran un puesto a través de un político, precisamente cuando alguien con ansias de figuración en lo material llega a escalar en un alto cargo público demuestra su verdadera careta.
Ya enquistados en un puesto público que juran creer es vitalicio, exigen escoltas, choferes, secretarias subordinadas, serviles para que le digan doctor o doctora, buscan permisos para sus familiares y que puedan sacar sus vehículos cuando hay pico y placa, maltratan a sus funcionarios, humillan al humilde que ven como zarrapastroso y hasta algunos cuentan con seguridad de la Unidad de Protección. Si conviven en conjuntos residenciales se juran los más finos herederos de la real corona española e imponen su punto de vista no antes con mirar feo a sus vecinos.
De allí una de las causas de la corrupción, me explico: hay que hacer plata como sea, para tener lujos, objetos de marca, lograr ser socios de un club y que sus hijos vayan a los colegios bilingües, para que se rocen con la sociedad. Lo hacen sin escrúpulos.
A ese tipo de personajes arribistas me los he tropezado, pocos por fortuna, y les tengo asco.



