Versión Pública

El consuelo de lo imposible

En estas épocas, donde los abismos de la razón y la acción están a la orden del día, la sociedad muestra un signo patognomónico de decadencia: La pobreza de la imaginación política. En el medio del cansancio con el gobierno, la sociedad ya no busca construir en lo posible, sino redimirse en lo imposible. Retornar al paraíso que nunca existió, pero que es un consuelo de cara al conflicto y a la complejidad de la vida democrática.

El mayor problema político, quizá, es que deseamos mal. No porque no estemos en la capacidad de lograr conseguir lo que queremos, sino porque lo que queremos estar viciados desde el origen. Queremos gobiernos sin contradicciones, líderes sin fisuras y sociedades sin tensiones. Queremos una vida sin carencias, sin muerte, sin adversidad, sin problemas. Una política sin errores, sin oposición, sin dudas.

En vez de soñar con una democracia inquietante y perfectible –con desacuerdos y búsquedas compartidas– muchos prefieren el espejismo de la ausencia de las sombras. Y cuando aparece alguien que promete ese espejismo, no importa lo autoritario o totalitario que sea su proyecto: se sigue, porque propone la liberación del peso que produce pensar, disentir y, en últimas, responsabilizarnos.

Así, el deseo de la entrega total se alza desde los lugares más profundos del pensamiento: buscamos verdades reveladas, causas absolutas, partidos que no tienen la necesidad de argumentar porque ya “están iluminados”. Hay un abismo de la razón, pero también un abismo de la acción: cuando un compromiso sé vuelve un dogma, toda crítica es condenable y es considerada traición. El respeto por las diferencias partió a un lugar donde la respeten, porque aquí se ha decidido que toda diferencia es corrupción, mala fe o tibieza.

Es ahí donde la política es un arma letal de aniquilación. Cuando el respeto sé extingue y la verdad deja de ser una constante búsqueda compartida para volverse la propiedad de unas cuantas personas. El otro ya no es interlocutor: es un obstáculo. Además de todo lo anterior, hay un drama mayor en este camino: el amor a las cadenas.

Cuando la libertad es una incertidumbre, muchos prefieren el síndrome de Estocolmo. La figura del líder fuerte, del caudillo, del salvador, se anhela no por su eficacia, si no por la promesa de redención. “Si él gana, todo cambiará”. “Si él llega, seremos libres”. Lo que se busca no es una transformación real, sino una especie de consuelo trágico. Es, en otras palabras, buscar un reemplazo simbólico de un padre ausente.

La desilusión llega –siempre ocurre– y no se aprende de la experiencia. Lo venidero no es la madurez anhelada, sino el cinismo. Existe una transición del fervor mesiánico al escepticismo corrosivo: “todos son iguales”, “nada sirve” “esto no tiene arreglo”. Como si el hecho de que una esperanza haya fracasado invalidará toda posibilidad de esperanza.

La espada es la idealización y la pared es el terror. Entre el mito de la pureza y la apatía total. Y en ese va y ven, el pensamiento se debilita, la ciudadanía decrece y la democracia se vuelve vacía. Quizás, como sociedad. Requerimos reconciliarnos con la idea de que la libertad no ofrece paraísos, sino caminos inciertos. Que no existe verdad última ni victoria sin pérdida. Que el disenso es una forma de amor a lo común y que todas las comunidades existentes necesitan espacio para la diferencia.

No es fácil, nunca lo será. Porque duele. Porque lleva implícita la renuncia al consuelo de lo absoluto. Pero solo así podemos estar más cerca a la verdadera libertad.

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